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Jumanji: En la selva de Jake Kasdan


Jumanji (Joe Johnstone, 1995) nos dejaba ansiosos de una continuación. Más allá de lo que había pasado con los jugadores, lo importante era que el juego -ese extraño mundo-jungla-, seguía vivo, latente al ritmo de tambores con gusto a mal augurio. Dicha secuela por fin se materializa, 22 años después, en un momento ideal para que el juego en cuestión pueda tender sus lianas y atraparnos, valiéndose de un artificio por demás explotado: la nostalgia, espejismo que nos acerca a esta nueva versión de baja pretensión pero gran carisma.

Un juego de mesa que busca romper los límites lúdicos y la peligrosa aventura a la que se expone el espíritu curioso son la espina dorsal de Jumanji, una película que logró lucirse en su momento por un guión de gran dinamismo y caracterizaciones memorables, como la de Robin Williams interpretando a Alan Parrish, víctima de un tablero y unos dados malditos.

Se había hablado hace unos años de una remake de Jumanji, pero el público en general había puesto el grito en el cielo: ¿por qué jugar dos veces la misma partida? ¿La gracia de un juego no es que tiene el potencial de ser distinto cada vez que lo jugamos? Pocos eran los que querían reencontrarse con viejas hazañas; muchos los que, adictos al azar, preferían arrancar una partida nueva. Y es en este factor donde Jumanji: En la selva suma sus primeros puntos: si bien su relación con su antecesora podría parecer injustificada y es apenas sostén para la aparición del juego, eso le permite desenvolverse en términos y códigos totalmente diferentes sin intentar seguir reglas de antaño.

Porque claro, el tiempo también pasó para los juegos.

Los juegos de mesa perdieron gran parte de su imperio luego de que el mercado encontrara otros modos de ofrecer diversión. Jumanji (el juego) se adapta al mundo moderno y deja de ser casilleros para convertirse en un cartucho de una consola de videojuegos que termina seduciendo a los actuales jugadores: un grupo estereotipado de adolescentes que, por castigo, terminan confinados al sótano del edificio estudiantil. Allí descubren al nuevo Jumanji y deciden pasar el rato, joysticks en mano, sin saber que los espera una salvaje travesía donde el “game over” se vuelve una muerte en el mundo real. Para escapar, un villano sin más matices que una oscuridad rotunda e incuestionable deberá ser derrotado y el desafío será entender qué podés hacer con lo que sos, cosa que puede descubrirse sólo si sabés quién decidiste ser.

Los jugadores son lanzados a un ambiente selvático y hostil y cada cual es destinado a un avatar que le otorga habilidades y características muy diferentes a las que presenta en su cotidianidad, introduciendo este factor una comedia fresca donde el drama estará puesto en entender esa realidad ajena para poder dimensionar la empatía o bien para aprender a enfrentar las limitaciones a las que nos (auto)sometemos al no darnos cuenta de que siempre somos personajes de nosotros mismos.

El musculoso y valiente (Dwayne Johnson) es, en realidad, un nerd más bien cobarde, el gordito simpaticón (Jack Black) es la chica sexy y engreída, la dama mortífera e independiente (Karen Gillian) es la joven reservada, insegura y antisocial y el chico popular, acostumbrado a su rol de capitán, termina relegado a ser el gracioso sidekick (Kevin Hart).

Hay momentos de fluidez entre el grupo, gags simples pero bien construidos, un cariño naif pero funcional a la hora de demarcar el concepto de trabajo en equipo y unas cuántas escenas disfrutables para el fan del cine de aventuras. Sin embargo, si bien se tejen situaciones donde el hecho de estar dentro de un videojuego es vital y afecta lo que sucede, la posibilidad gamer resulta excusa para una trama de obstáculos que más apuestan a desplegar buenas escenas de acción que a presentar resoluciones orgánicas y más elaboradas.

Jumanji: En la selva nos ofrece a un Dwayne Johnson y a un Jack Black capaces de comandar con altura una película que demanda poco del espectador pero entretiene, que actualiza un disparador pero no redobla apuestas sino que se limita a jugar, desdoblando arquetipos en otros arquetipos, fiel a una concepción moderna donde el entendimiento recibe más peso que el descubrimiento, aplacando crisis a favor de una risa adolescente sin intrincadas vueltas de tuerca.

En conclusión

En Jumanji: En la selva, más allá de lo que sucede con los jugadores, el juego se sigue mostrando atractivo pero termina perdiendo parte de su espíritu de culto con esta actualizada partida. El caso sigue abierto: la nostalgia obra de maneras comerciales misteriosas.

Puntaje 3 3/5
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