Charlamos con

Entrevista a Mad Crampi, uno de los directores del film Mala Vida


Hablamos con uno de los responsables de Mala Vida, película nacional de “tiros, líos y cosha golda” que se estrenó el 22 de febrero pasado y que puede definirse con tres disparos certeros que suenan más o menos así: ¡PULP! ¡POP! ¡PUNK!

Junto a Fernando Díaz, Mad Crampi dio vida a Mala Vida, película en la que el humo del tabaco, del café y de pistolas recién descargadas funciona de niebla para una Buenos Aires de calles grises, donde los noticieros tienen aspecto futurista, los vehículos son gemas de antaño y los teléfonos públicos pueden encontrarse en cualquier esquina. Es en este escenario donde la misteriosa desaparición de la cantante pop del momento sirve de epicentro para que un variopinto grupo de marginales termine envuelto en una descabellada y frenética aventura.

“Tengo una debilidad por las historias corales, por esas historias que terminan convergiendo en un mismo punto y sobre todo cuando están aderezadas con humor absurdo y regusto pop. Me gusta esa cosa del caos y el amontonamiento. Mala Vida es la síntesis de todos esos gustos personales retorcidos que tengo y que intenté volcar en las anteriores películas, un poco más fallidamente. La historia se construyó como cualquier historia: a partir de un punto, de un disparador, se apilan personajes y situaciones que se empiezan a cruzar y a coser entre sí para dar forma a una especie de Frankenstein que, en definitiva, es lo que es Mala Vida. No sé si hay una estructura consciente o hay una ingeniería guionística ahí sino, más bien, hay fruto de una casualidad, del mismo caos del que hablábamos, en el cual me siento bastante adentro de mi elemento. Hay mucha sincronicidad, mucha conexión carente de sentido pero con intención y, debo decir, mala intención”, confiesa Crampi.

Si se quisiera usar para definir a Mad Crampi una de las placas al mejor estilo Tarantino que Mala Vida utiliza a la hora de presentar a sus personajes, nos quedaría algo así: “Sagitario. Músico, poeta, cineasta, mago del Caos. Expectativas: romper lo establecido”. Un espíritu inquieto que ha sabido cultivar reconocimientos nacionales e internacionales por estar tras la realización de obras como Run, Run, Bunny!, Mondo Psycho, La peli de Batato -el documental sobre el gran Batato Barea-, entre tantas otras. Indomable de culto, conspiranoico y bocón comprador, Crampi ahora hace desfilar frente a nuestros ojos a una procesión de delincuentes de poca monta, sacados peligrosos, rudos de tinte naif, barrabravas de corazón roto. Todos en busca del sagrado grial: esa infame cantidad de dinero y amor que pueda otorgarles la tan ansiada dolce vita. Maxi Ghione. Joaquín Berthold, Belén Chavanne, Berta Muñiz y Lucio Greco (atención a esta última dupla) son algunos de los actores que se entregan a las idas y vueltas de una película lúdica y desprejuiciada a la hora de imponer su voz.

La reflexión de Crampi, otra vez, resulta esclarecedora: “Cada vez que se habla, por ejemplo, de cine de género, a mi me rompe soberanamente las pelotas porque en realidad todo cine es de género tal como yo lo entiendo: un discurso englobado con ciertos tópicos. A mí lo que me interesa y me suele jugar bastante en contra es esta cuestión justamente, la del multigénero, donde convergen elementos de diferentes construcciones discursivas. Un poco la película representa esto: referencia al cine independiente de los ’90, un poco el cine de gánsters, algo del cine de Alex Cox… y si bien no aparece el horror u otros géneros que suelen orbitar a las películas que hago, está un poco esta cuestión casi de ciencia ficción que le da forma a esa Buenos Aires de Mala Vida”.

En Mala Vida (que tuvo su estreno oficial en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata edición 2017) hay una doble articulación del ritmo. Mientras se apuesta en la mayoría de los casos a la resolución de escenas con planos estáticos (podríamos hablar de viñetas con una identidad a veces clara y a veces boceteada), los personajes se muestran desbordantes, vivos, llenos de una dinámica delirante, bizarros y adictos de mundo propio, locos sueltos que le aúllan a la luna de sus pasiones, inescrupulosamente y sin concesiones, bailando sobre los entusiastas riffs de The Tormentos.

“Creo que el absurdo, incluso el surrealismo punk, que es un término que acuña Alex Cox y al cual no sólo adhiero sino que usurpo, es fundamental para la construcción de un relato como es el de Mala Vida. Hay una cuestión que es casi tangencial: el chico duro que es malo con todos pero se quiere casar con la chica para hacerse cargo de un hijo que no le pertenece, los delincuentes que tienen un plan sin sentido… En la actualidad hay una dictadura de la verosimilitud que ya se plantea como imposición y Mala Vida intenta romper eso a los machetazos. No siempre es bien recibido o entendido”, sentencia Crampi. Y se apura a agregar, con un leve asomo de sonrisa desquiciada que no se ve pero se presiente del otro lado de la línea: “Pero yo apoyo con las botas puestas las políticas del absurdo que, en definitiva, son menos absurdas que la realidad que se vive día a día”.

Antes de que las monedas se me acaben y la comunicación se corte, hago una última pregunta: “Te despertás después de una fiesta desenfrenada… ¿a qué estrella pop te gustaría encontrarte pasada de rosca en tu sillón?”

Crampi lo piensa unos segundos y luego dice, convencido: “Grant Morrison”.

No es casual su reinterpretación del concepto pop y no me sorprende su mención a un emblemático y controversial autor moderno de cómics con el que tiene mucho en común más allá de la calva.

Luego, el tono intermitente que llega a mis oídos me anuncia que la charla llegó a su fin.

Cuelgo, me prendo un pucho, me pongo los auriculares y le doy play a mi viejo walkman. Se me ocurre una secuencia: emulando a lo que sucede en Mala Vida, si Grant Morrison desapareciera, sería Mad Crampi, probablemente, el objetivo de delincuentes que, aprovechando el parecido, buscarían secuestrarlo para pedir un rescate.

Me río solo del chiste.

A fin de cuentas, todo se trata de eso: un gran chiste sin más intenciones que hacernos mostrar los dientes, de modo genuino.