No Song to Sing / trailer from lukasz gasiorowski on Vimeo.

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Competencia Vanguardia y Género BAFICI: No song to sing, de Lukasz Gasiorowski y Inferninho, de Guto Parente & Pedro Diógenes


Un cortometraje japonés sobre el aislamiento y la búsqueda del amor y una película brasilera que deviene en un curioso melodrama que combina lo kitsch con lo melancólico y logra así un relato conmovedor a partir del color y el brillo que no tienen la vida que llevan sus protagonistas más allá de que lo carguen en sus vestimentas y maquillaje.

No song to sing, de Lukasz Gasiorowski

Dirigida por Lukasz Gasiorowski y escrita por su protagonista Maiko Takeda, No song to sing empieza de manera tan llamativa como psicodélica. Pronto comprendemos el mundo en el que estamos: Japón, una ciudad habitada por millones de personas que se ven todos los días pero no siempre se encuentran. En ella, una muchacha trabaja en un sistema de citas online y allí juega a seducir y enamorar.

Un día se encuentra a un hombre que, sin saberlo, la espera. Tampoco sabe que ella no planeaba ir pero él le habla de amar y algo que estaba escondido, que dejó guardado en un pasado doloroso, comienza a molestar, a revolver.

No song to sing es un retrato de cómo vivimos muchas veces rodeados de personas, pero solos. Más allá de lo colorido (los mensajes virtuales son representados de manera muy vistosa), el retrato se torna agridulce, con ella cantando en un karaoke la canción que da título al cortometraje.

Como curiosidad, la produce el actor actualmente de visita en nuestro país Ewen Bremner quien además está a cargo de la música.

Inferninho, de Guto Parente & Pedro Diógenes

Inferninho es un bar de mala muerte. Siempre las mismas caras, siempre el mismo show (aunque sea un show hermoso interpretado siempre por la misma joven, variando sólo cada tanto las canciones). La gente que va allí a beber alcohol lleva disfraces baratos y berretas. Un conejo, una mujer maravilla, un Wolverine, lo que sea.

La dueña del bar es Deusimar, alguien que sueña con irse de ese lugar pobre y aburrido y, sin embargo, no se mueve de allí. La cosa cambia con la llegada de alguien de afuera: un marinero que busca un lugar donde quedarse y que se enamorará de ella.

La película, que dirigen a cuatro manos Parente y Diógenes y escriben junto a Rafael Martins (quien además interpreta al conejo, personaje imprescindible del relato), es una historia simple en su contenido pero cargada de emociones que se imprimen de una manera poco habitual.

Todo sucede siempre en ese mismo bar que es pequeño, cerrado, oscuro, con las sillas y mesas ya gastadas, viejas; así se siente además Deusimar, oxidada. En ese lugar converge esta curiosa galería de personajes que irán transitando los cambios que traiga la presencia del nuevo integrante, pasiones, celos, sospechas. No obstante, el hallazgo es que el film logra generar emociones profundas a través de un humor simpático, de situaciones absurdas, exageradas, muchas casi imposibles. De repente, los ojos de alguien disfrazado muy pobremente de conejo pueden expresar tanto cariño. Es que los rostros, que son filmados con mucha delicadeza, son los grandes protagonistas. Como sucede también con el show musical de cada noche, ella canta con el alma, entonces el enfoque principal está en su rostro, en su mirada.

Así es toda la película. Una combinación extraña de elementos que funciona porque, más allá de lo ajeno o alienado que se sienten, transmiten emociones genuinas. Sí, en la resolución se tiran algunas bajadas de líneas y todo se torna bastante más explícito de lo que uno quisiera, pero eso no le resta mérito a un film con mucho corazón. A la larga, Inferninho pertenece a otro mundo.