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27: El club de los malditos de Nicanor Loreti


El club de los 27 es revivido por Nicanor Loreti, con colaboración de Alex Cox, en 27: El club de los malditos, una película que busca dar un giro a uno de los mitos favoritos entre melómanos y fanáticos del rock.

El rock ha sabido construir un universo rico alrededor de la excentricidad que muchos músicos tejieron sobre sí. Excesos, música toda la noche y fiesta todo el día, incorrección política, una sensibilidad llevada al límite y un coqueteo provocador con la Señorita Muerte hicieron de muchas estrellas de rock grandes íconos culturales no sólo por su capacidad para componer himnos distorsionados.

El rock tiene su propio modo de contarse, de entenderse, de revalidarse a sí mismo y, entre mito va, mito viene, encontró a sus mártires, un selectísimo grupo de jóvenes promesas que murieron a la misma edad, cuando ya habían dejado huella y aún tenían un alentador futuro por delante. Muertes anunciadas. Por eso mismo misteriosas. Muertes que confirman la idea de que el ser admirado no era sólo una pose, una ficción. Esa atractiva arrogancia de nuestros referentes por querer tener siempre la última palabra, ese diálogo inconcluso que les da de un modo extraño la razón, que los inmortaliza. Porque ya sabemos que muerto el rockero no se acabó el rock.

27: El club de los malditos arranca cuando Paula (Sofía Gala), una joven groupie, es testigo accidental de la muerte de su ídolo, Leandro De La Torre (El Polaco), un punky de cotillón que entra, así, al famoso club de los que dejaron la vida cuando contaban con apenas 27 vueltas al sol. Leandro es el mito manifestándose en carne viva y Paula no sólo vio al condenado músico caer desde la elevada ventana de un edificio, sino que registró el suceso y, de pronto, empieza a sospechar que algo turbio se esconde tras el supuesto suicidio. Sin quererlo, termina involucrada en una conspiración superior y conocerá a Martín Lombardo (Diego Capusotto), un teniente de la policía que es la imagen viva de la caricatura del rock pero nada sabe de rock. ¿Podrá esta peculiar dupla salir triunfante al intentar echar luz sobre uno de sus mitos más emblemáticos?

Capusotto es un buen Capusotto que se desdibuja tras el artificio de un mal Torrente y Sofia Gala cumple con un papel poco ambicioso y un guión que la obliga a siempre explicar en lugar de dialogar. Rápido entendemos que estamos en una especie de comedia bizarra, de humor absurdo, cuyos tonos, aún así, siguen siendo imposibles de ecualizar.

Nicanor Loreti, que ya dejó claro su cariño por volcar en lo urbano y salvaje manifestaciones culturales empoderadas con Kriptonita (2016) se alía esta vez al gran Alex Cox (Repo Man, 1984 y Sid y Nancy, 1986) y juntos escriben una historia donde prometen más de lo que dan: se ponen a zapar con poquísimos momentos de armonía y mucho ruido.

Usando de apoyo flashbacks duros y casi teatrales, 27: El club de los malditos se mete en las sombras que envuelven los últimos días de estrellas como Janis Joplin y Jim Morrison, tomándose la innecesaria libertad de agregar al club a personajes como Sid Vicious y Joe Strummer, apostando a un devenir de la aventura que, paso a paso, nos aleja de la posibilidad de empatía y nos vuelve espectadores de un chiste que no es tal, de una película de acción que es pura cámara lenta carente de drama, de una mística funcional y para nada mística. Nos convertimos en espectadores incómodos, estamos encerrados en una sala de ensayo donde unas personas bienintencionadas pero desprolijas, quizás por pasionales, nos aturden acorde tras acorde, escena tras escena.

La música a cargo de Pablo Sala busca estar a la altura con resultados discutibles y un nulo carisma cinematográfico, lejana a crear ambiente en situaciones que, de por sí, se demuestran poco ágiles para el baile, el pogo o cualquier expresión genuina de fluidez.

Mención especial para el cameo que los músicos de Poseidótica realizan en el film, interesante al poner en escena a los miembros de una legendaria banda local de gran potencia y repercusión en la actualidad del rock y sus ramificaciones.

El villano de turno (Daniel Aráoz) termina de entorpecer el panorama, tiene una construcción infantiloide, de berrinche constante, de eterna cara de constipación, siendo Paula Manzone -que interpreta a su mano derecha-, la única que intenta poner un poco de profundidad y logro actoral al asunto. Cuando el científico Yayo aparece en cámara, desfasado, mal equilibrado en la trama, el nivel de ridículo escala volúmenes insoportables y nos termina de expulsar, con los oídos adoloridos.

Más allá de que siempre se agradece la frescura en el cine fantástico nacional, 27: El club de los malditos agoniza de modo prematuro, a los pocos minutos de comenzar, cuando el rockero rebelde se estrella contra el parabrisas de un vehículo. A partir de entonces la película delira con un espíritu genuino, por momentos, pero sin eje. No pareciera haber una búsqueda consensuada entre la dupla Loreti/Cox, que impostan una irreverencia que se diluye en un sonido que lejos está de ser uno de esos que perduran.

En conclusión

27: El club de los malditos es un ejercicio punk que fallece joven, sin épica, y no logra estar a la altura del mito que lo sostiene. Le falta rock.

Puntaje 2.5 2.5/5
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